martes, 26 de febrero de 2008

Cartas a Cristina I

Lo malo de no poder elegir a la familia, es que a veces los genes no nos ayudan mucho y uno termina heredando ciertas complicaciones, como esa alergia de mitad de estación que no puedes evitar. Y sí fuera eso solo lo que uno heredara, no me quejaría tanto. Pero, ¡que decir! Eso es a penas el comienzo de todo.

***

Había pescado una gripe que me estaba manteniendo en reposo, lo cual detestaba porque eso me impedía disfrutar de los últimos días de otoño. A corto plazo, mi impaciencia se transformó en una molestia para el resto de mi familia, quienes intentaban sacarme de mi mal humor para evitar que también se lo contagiara. Mamá quiso levantar mi ánimo y me trajo a mi habitación un par de cajas que contenían antiguas fotografías. La idea de pasar las siguientes dos semanas mirando por enésima vez los álbumes familiares no era un plan demasiado tentador, pero no tenía muchas más opciones. Estaba aburrida y pensé que al menos podría agrupar las fotografías que estaban sueltas o en los álbumes equivocados y organizarlos adecuadamente.

Estaba en eso cuando me encontré con una fotografía que no creía haber visto antes. Por su aspecto, que denotaba la mala calidad del papel y la carencia de colores, me di cuenta de que al menos debía de tener unos treinta años de antigüedad. La imagen era más bien difusa, aunque se podía distinguir a una joven de unos veinte años, cabello oscuro y estatura mediana. Lo que me cautivaba era la insaciable palidez de su rostro, una visión que parecía reforzar la delgadez de su cuerpo A su lado se encontraba un muchacho, que calculé que sería algo mayor que ella. Le sobrepasaba en estatura y su porte era decidido. Conocía los rasgos de su cara, los elementos que componen un rostro familiar o semejante a uno antes visto. Los brazos de ambos se cruzaban el uno al otro. Sus manos apenas se rozaban, no llegaban a estrecharse por completo: sus dedos parecían estar aproximándose lentamente, indagando cada uno de los pliegues de la mano de su acompañante.

Él era mi abuelo, Ernesto De La Cruz, ella… no era mi abuela.

Le mostré a mamá la fotografía, pero ella no supo decirme nada en concreto: algún familiar, una de sus hermanas tal vez, una amiga… En fin, miles de posibilidades. Ella no sabía demasiado sobre su suegro, dado que sólo lo había visto una vez en el hospital, unos días antes de su muerte. Me sugirió que le preguntara a papá, que era la dirección más sensata que podía tomar, aunque el tono de su voz me decía por lo bajo “…no vayas a molestarlo con eso.” Y ese intento de hacerme desistir, siendo apenas una inocente insinuación, bastaba para encender en mí la llama de la curiosidad.

Pensé en abordar a mi padre en cuanto llegara del trabajo, pero preferí aguardar hasta el final de la cena, el momento en el que toda conversación acalorada o altercado anterior se tornaba más leve siempre que se tenía el estómago lleno. Entre tanto, continué inspeccionando el resto de las fotografías, en busca de algún indicio que me llevara a develar la identidad de la muchacha de piel blanquecina.

¿Quién era la mujer? Antes de encontrarla, la semana se me había presentado sin mayores novedades y de repente, tenía en mis manos la pieza de un rompecabezas.

La hora del postre tuvo un sabor peculiar aquella noche. No recuerdo cómo estaba el clima en el exterior, más en el comedor se percibían los nebulosos resultados de mi indagación. Él no sabía quien era la mujer, me dijo. “Claro, como los lazos familiares siempre han estado confiscados por el gobierno del silencio, hoy no va a ser la excepción. ¿Para qué intentar dialogar sobre esos temas que están prohibidos? En casa habrá libertad para decir, pero no hay derecho a preguntar...” me dije a mi misma. ¿Qué iba a hacer, entonces? Pues, recuperarme de la gripe, esperar que la picazón de la nariz se vaya pronto y mirar hacia delante. ¿Y qué tenía frente a mis ojos? La dichosa fotografía.

***

Si no podía hacer hablar a mi papá, al menos podía recurrir a las chusmas de barrio, cien por ciento listas para sacar a la luz los trapos sucios del vecino. La cuestión era que para eso necesitaba traer a los testigos hacia mí. Por suerte no tuve que idear ningún plan porque Adelaida se presentó a la tardecita, afligida por mi precaria salud (de más está decir que ella es de esas mujeres que lo exageran todo, no por malicia o satisfacción sino porque está en sus instintos de supervivencia).

La hora de la merienda se transformó en una copia barata de la programación de Volver, y yo veía como mi pequeña esperanza de escurrir de la memoria de aquella mujer algún dato de la Muchacha B (decidí llamarla así por el blanco extremo de su piel) se me estaba haciendo muy tortuoso.
- Diecisiete años pasaron ya, quién lo diría, nosotros hacia abajo y ustedes cada día están más grandes. – comentó Adelaida mientras daba otro ruidoso sorbo de su té y hojeaba por enésima vez el mismo álbum.

Ella tenía el don especial de poner impaciente a cualquier ser humano. Todo el mundo sabe que es un caudal de información en potencia, por supuesto que ella también lo sabe y no larga nada a menos que uno acepte someterse a una dosis de su compañía. No podía culparla, claro está, porque ese era el único bálsamo para su soledad, pero mi tiempo también valía y quería que encontrase la dichosa fotografía.
- Y todos en el barrio comentábamos que las mejores fiestas las preparaban en la casa del tu abuelo. Nadie preparaba unos asados como esos… y el budín de pan de tu abuela, todas le sentíamos envidia, lo admito, tenía una mano de cocinera que ninguna podía igualarla. Claro que a la hora del baile, yo no me quedaba atrás. – suspiró y la corriente de aire que entraba por la ventaba pareció sacudir el polvo acumulado durante varios años en su memoria - La casa era pequeña, pero sabía entretener a los invitados como lo hacían don Ernesto y doña Cristina.
- Mónica.
- ¿Disculpa? – atinó a decir. Me di cuenta aún estaba rememorando viejos tiempos y no me había escuchado.
- Mi abuela se llama Mónica, no Cristina. – repetí.

Luego de lo que me habrán parecido miles de segundos, Adelaida hizo la taza a un lado y congeló su mirada sobre la imagen que sus huesudos dedos se afanaban por retener fuertemente: sí, conocía a la Muchacha B. O mejor dicho, a Cristina.


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lunes, 4 de febrero de 2008

Algo se mueve

Las pisadas se ahogan de repente y el sonido del agua parece alzar sus acordes más estridentes. “Algo” se mueve en tu dirección, mamando hasta la más ínfima gota de aire que alcanza a deslizarse entre las aguas. Un escalofrío muerde tu piel y comienzas a sentir que aquella fuerza innombrable está liquidando, paso a paso, tus últimas posibilidades de seguir con vida.

La respiración se te va cortando y pierdes la capacidad de saber cuánto tiempo queda a tu favor. “Algo” se mueve en tu dirección y no puedes evitarlo. La tensión se apodera de tu ser y si tu existencia persiste a pesar de la falta de oxígeno, sientes que no durarás demasiado si te quedas en ese estado. ¿Por qué? Porque ahora descubres que tu cuerpo no te obedece.

Un muñeco inerte no puede defenderse. En vano intentas mover tus miembros. Tu cabeza manda la orden, pero el mensaje parece perderse en medio del camino: una vez más la conexión te falla. “Algo” se mueve en tu dirección y sabe que estás indefenso. Frente a tales circunstancias, la única opción es encomendarse a Dios. Pero como nunca has experimentado la fe, será mejor que te vayas haciendo a la idea de que no hay salida. Te hará pedazos, no cabe duda.

Por sí solo eres incapaz de escapar de allí. Te es indispensable la ayuda del exterior. ¿Sabrá alguien en qué situación te encuentras? ¿Le importará a tu familia? ¿A tus amigos? ¿A tu pareja? De todos ellos, ¿vendría alguien en tu auxilio? El tercer síntoma se manifiesta, la inseguridad te invade y temes que sean ellos quienes te han llevado a tal extremo.

“El conocimiento de la verdad puede ser peor que la propia muerte.” te había dicho tu abuela. Quizás sea hora de aceptar el hecho de que el mundo te ha abandonado a tu suerte y dejar que todo acabe de una vez: sin ofrecer más resistencia, resignarte a que ese “algo” te alcance. O tal vez podrías intentar, por primera vez, entonar una plegaria.

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sábado, 2 de febrero de 2008

Botánico

La escena transcurre en un bar. Hay cuatro filas con cuatro mesas cuadradas cada una. Al fondo se ve la barra. Detrás de la barra, a la izquierda hay una puerta con un cartel que dice “Administración”; a la derecha hay una puerta doble con un cartel que dice “Sanitarios”. Julio y Fausto, dos hombres de aproximadamente 50 años, se encuentran sentados en la tercera mesa de la primera fila de la derecha. Una moza se halla delante de la mesa con una libreta y una birome en la mano.

Fausto:- Encima tardaron media hora en atendernos.

Julio:- (A la moza.) ¿Cuánto es?

Moza:- Cuarenta pesos.

Julio:- ¿Cómo dijo?

Moza:- Cuarenta pesos, señor.

Julio:- ¿En total?

Moza:- Cada uno, señor.

Julio:- ¿Cuarenta pesos? ¿Cada uno?

Moza:- Sí, señor. Cuarenta pesos cada uno.

Julio:- Pero si sólo pedimos un café cada uno.

Fausto:- Encima estaba frío.

Moza:- (A Julio.) Son cuarenta pesos cada café. Los precios están en la cartilla.

Julio:- (Mira la cartilla que está sobre la mesa, pero no la abre.) Hace treinta años que vengo a este bar. ¡Treinta años! Conozco los precios de memoria. El café vale seis pesos. Ayer mismo pedí un café y pagué lo mismo, a la misma hora, en el mismo canal.

Fausto:- Encima se perdió la señal del satélite.

Moza:- (A Julio.) Fíjese en la cartilla, los precios no cambiaron. Debe estar confundido.

Julio:- La confusión es suya.

Moza:- No, suya.

Julio:- No, suya.

Moza:- Suya.

Julio:- Suya.

Moza:- (A Julio.) Mire, es muy sencillo. Abre la cartilla, comprueba el precio y yo le cobro lo que corresponde.

Julio:- No quiero. Yo se lo que vale. Me cobra seis pesos cada café y nos vamos tranquilos.

Moza:- Le cobro cuarenta cada uno.

Julio:- Seis.

Moza:- Cuarenta.

Julio:- Seis.

Se escucha un portazo, Alberto aparece en escena, agitanando los brazos.

Alberto:- ¡Seis cuarenta y seis!

Moza y Julio:- ¿Eh?

Alberto:- ¡Gané! ¡Gané! ¡Gané con el seis cuarenta y seis!

Julio:- ¿A la cabeza, don Alberto?

Alberto:- Sí, don Julio. (A Fausto.) Hola don Fabio.

Fausto:- Encima me cambia el nombre.

Julio:- (A Alberto.) Seis cuarenta y seis, a la cabeza, quien lo diría.

Alberto:- Quien lo diría.

Moza:- ¿Me dirían quién me va a pagar?

Julio:- (A Alberto.) ¿Cuánta plata?

Alberto:- Ochocientos treinta y cinco pesos con noventa y dos centavos. Ochocientos treinta y cinco pesos con noventa y dos centavos, acá. (Señala un bolsillo de su pantalón.) Todo mío.

Moza:- Ochocientos treinta y cinco pesos con cincuenta y cinco centavos son del dueño. Acuérdese de la deuda que tiene en este bar.

Alberto:- Pero señorita, eso ya es cosa del pasado. Pagué lo que debía ayer.

Moza:- No me diga eso, ayer no vino a pagar nada. (Revisa en la libreta que tiene en la mano y niega con la cabeza.) Usted sigue en la lista de morosos.

Alberto:- Sí que pagué toda la deuda. Usted no estaba, me atendió la otra camarera.

Moza:- ¿Cuál de todas?

Alberto:- La camarera rubia.

Moza:- ¿Morena?

Alberto:- Le digo que me atendió la rubia, no la morena.

Moza:- Quiero decir que la camarera rubia se llama Morena.

Alberto:- Entonces sí. Le pagué a la rubia, Morena.

Moza:- Acá no me consta, así que o me entrega el dinero ahora mismo o me acompaña a hablar con el dueño. (A Julio y Fausto, que silenciosamente se han levantado de la mesa y están a unos metros de la puerta.) ¡Eh! Ustedes dos, ¡vuelvan!

Julio y Alberto se voltean y regresan a la mesa, pero sin sentarse.

Alberto:- ¿Usted también don Julio?

Julio:- Sí. Parece que la señorita quiere hacerse negocio con nosotros.

Camarera:- Si nadie paga, entonces van a tener que entenderse con el señor Justo.

Fausto:- Encima no se quien es Justo.

Alberto:- Es el dueño de este bar, don Flavio.

Fausto:- Encima me vuelve a cambiar el nombre.

Alberto:- Disculpe. Es que esta señorita me pone nervioso.

Julio:- A mi me hace perder la paciencia.

Moza:- (Con voz de enojo.) ¡Se acabó, señores! ¡Se acabó!

Fausto:- Encima me grita.

Moza:- (Se arremanga los puños.) ¡Se las van a ver con el dueño!

Julio:- (A la moza.) ¿Es justo?

Moza:- Sí.

Julio:- Porque usted es injusta.

Alberto:- Muy injusta.

Moza:- (Señala la puerta del fondo que dice “Sanitarios”.) ¡Caminen, señores, caminen!

Alberto y Julio ponen cara de aturdidos, se ponen en fila india y comienza a marchar hacia la puerta. Fausto no se inmuta, pero se une a los otros. La moza va detrás de ellos, con las manos en la cintura.

***

La escena transcurre en el baño se hombres, despacho del señor Justo. De izquierda a derecha, Alberto, la moza y Julio se encuentran parados de espaldas al público, delante de un mingitorio. Fausto duerme, sentado sobre un mingitorio libre a la derecha del otro.

Moza:- (Alterada.) ...y esa es la cuestión, señor Justo. Estos señores no quieren pagar lo que deben.

Alberto:- Yo ayer le pagué a Morena, la rubia. Si ella no lo anotó en la libreta no es culpa mía.

Moza:- (Al señor Justo.) La llamé por teléfono y me dijo que el señor Alberto no vino a saldar su deuda. Y estos dos (Señala a Julio y a Fausto.) no me pagan los cafés que se tomaron.

Julio:- Ella me quiere cobrar cuarenta cada uno.

Moza:- ¡Es lo que dice la cartilla!

Las voces se superponen.

Julio:- ¡Seis!

Moza:- ¡Cuarenta!

Julio:- ¡Seis!

Alberto:- ¡Yo no pienso dejar ni un mísero centavo en este bar! ¡Me los gané con el sudor de la frente!

Moza:- ¡Pero si los ganó con el seis cuarenta y seis!

Julio:- Treinta años viniendo a este lugar. Treinta años pagando seis pesos. ¡Y hoy me vienen con que me cobran cuarenta!

Moza:- ¡Está en la cartilla!

Alberto:- ¡Ochocientos treinta y cinco pesos con noventa y dos centavos!

Moza:- Ochocientos treinta y cinco pesos...

Los tres se callan de repente y se miran los unos a los otros. Dan varios pasos hacia atrás, todavía de espaldas al público, pero aún no dejan visible el mingitorio.

Moza:- Sí, señor Justo. Lo que usted diga señor.

Julio:- Sí, lo que usted diga.

Alberto:- Tiene razón.

Julio:- Está en lo correcto.

Moza:- Ahora lo solucionamos, ¿caballeros?

Julio:- Dos de cafés... a cuarenta pesos cada uno... serían...

Moza:- Diez pesos en total.

Julio:- Tome. (Extiende un billete de diez pesos.)

Moza:- (A Alberto.) Acá tiene los novecientos pesos que le yo le debía.

Alberto:- Gracias, señorita.

Julio:- Bueno, nos vamos retirando.

Alberto:- Disculpe las molestias, don Justo.

Moza:- Yo los acompaño a la salida.

La moza, Julio y Alberto se corren del mingitorio y dejan ver que sobre él hay un potus. Los tres salen por la puerta del baño. Fausto se despierta aturdido y mira hacia todos lados.

Fausto:- (Al potus.) Pobre don Justo, le sacaron canas verdes.


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