jueves, 23 de junio de 2011

Mi rostro, ahora

Que bueno que no podés ver mi rostro ahora. Porque no te gustaría saber con qué te encontrarías. Si la vida manipula tus dichos, tus actos, tus sentidos, dejame aclararte que yo nunca obré para ser parte de esa faceta. Tampoco creas que voy a dejar de plantear tus ausencias, aunque es algo muy distinto a lo que son esos reproches que te están colmando emocionalmente. A estas alturas no sé lo que merezco o no de tu parte, pero siempre creí que frente a todo lo malo de nuestras vidas, ese pequeño instante en el que compartíamos el mismo cruce podía ser un aliciente para el trecho amargo.

Alguna vez me dijiste que era una gran mujer y yo te respondí que sólo soy una persona que encuentra sus alegrías en las pequeñas cosas. Eso fue una verdad a medias, ya que me hubiera gustado agregar "y a pesar de eso, no entiendo por qué estoy llorando ahora". Me contuve, en ese momento creí que lo mejor para ambos era tomar una actitud estoica. Te alenté a que fueras feliz, intentaras ir por el camino hacia la felicidad y dejases esos sueños irrealizables en un sitio donde no hiciesen cortocircuito con el resto de tu vida. Acepté ser relegada al campo onírico, mientras era a otra persona a la que le obsequiabas tu mirada, tu sonrisa, tus besos, tus caricias. Acepté la situación no sólo porque físicamente me era imposible modificarla, sino porque además estaba convencida de que, aunque no fuese ni tu madre, ni tu hermana, ni tu amiga, ni tu novia, ni tu amante... a pesar de ese vacío que recubría nuestro vínculo, había algo más allá de los títulos que yo podía darte.

De más está aclarar que en el día a día busco crear esos momentos felices para mí misma. Pero también es oportuno que sepas que nunca amé compartir un momento con alguien como lo hago con vos. Tal vez sea porque cuando pienso en el amor, involuntaria y compulsivamente me viene tu nombre. Pero si amar de verdad nos libera, comprendemos que lo más puro que podemos ofrecer es velar por el bienestar del otro, incluso si eso no nos incluye. El mejor remedio contra la obsesión es levantar la copa por la dicha ajena, pero no beber de esas aguas prohibidas.

Comprendo que desde hace tiempo poco y nada te interesa tener lazos conmigo. Lo más triste de todo es que expresaste que tu recuerdo vino por una desgracia mía y no por una esperanza que te haya dado. Ese es mi lamento unitario, lo único por lo que me encuentro con el alma herida. Pero como clamé antes, no puedo aceptar disculpas por algo que no sentiste. No hay culpas que pueda echarte: al contario, te deseo mil días alegres por cada uno en el que me olvides.

Y si me estás dando la salida, ojalá tuviese en esta última parada la oportundad de hacer realidad el encuentro con esa persona a quien sé que extrañás mucho. Ese es mi mayor deseo para vos, el regalo que pienso que acojerías con ansias, y no puedo entregartelo. Me pesa, más no tengo el don de la vida. Seguramente habrá otros que te lo recitarán más bello, lo expresarán perfecto, lo demostrarán con empeño; pero yo sólo cuento con este medio. Estoy limitada a exponerlo así, casi en el anonimato, porque si especifico quién sos, voy a traerte más dificultades.

Uno se equivoca, cae, pierde... pero vuelve a intentar. No hay peor muro que el que construimos con nuestras viejas decepciones. Y si bien tratamos de decir "Basta", "Hasta acá llegué", "No va más"; al final del día creemos que se puede dar con una nueva oportunidad. O casi siempre. Hoy me pregunto si vas a mover la próxima pieza o vas a dejar que este sea otro capítulo muerto de tu existencia. La decisión es tuya, sabés donde encontrarme: en este nuevo día podés dar un revéz a la partida.

No hay comentarios: