miércoles, 21 de noviembre de 2007

Teatro comunitario: El Grupo Catalinas Sur

Por: Sabrina Artigas

Sol, una niña de la tarde

- ¿Y a dónde se fue Morena? - le pregunta una pequeña de cinco años a su mamá.
- A su casa Sol, igual que nosotras. Ella vive acá.
- Yo quiero ir a jugar con ella, ¿vamos muma?
- Otro día.
- Uf - Sol pone cara de enojo y se cruza de brazos - ¿No podemos llevarnos al gatito para que Luli tenga un amigo?
- Bueno - dice su mamá, vencida - Damos una vueltita por la casa de Morena y después nos vamos, ¿sí?

A Sol se le aparece una sonrisa en el rostro en forma de respuesta. No hay dudas de que lo que más desea es permanecer un rato más por los alrededores del número 91 de la calle Benito Perez Galdóz. Ella y su mamá, Cristina, acaban de salir del Galpón del Catalinas Sur donde, como todos los sábados a la tarde, se realizó la función de La niña de la noche. El espectáculo es una obra de títeres que tiene como personajes principales a Morena y Alvarito, dos chicos que recorren el bosque durante la noche y se encuentran con sus diferentes habitantes. Cristina comenta que se emocionó mucho al observar como iba cambiando la carita de Sol mientras los títeres iban apareciendo. A la nena le fascina la música y los animales, y justamente eso se combina en la obra que acaba de ver. “Sol nunca había asistido a una función de cine o teatro. Tener que sentarse en un lugar y quedarse ahí durante una hora prestando atención al escenario es una experiencia nueva para ella. Pero me animé a traerla porque yo ya conocía el teatro. El año pasado vine a una función de El fulgor argentino. Y me pareció que a la nena le iba a gustar el lugar, por los dibujos, los muñequitos, las canciones y todo eso.”
Sol toma la mano de su mamá y ambas se disponen a dar la vuelta alrededor del galpón, que es la casa de Morena, y observan los murales que revisten las paredes. La nena queda sorprendida por el cartel de la entrada, con esos rostros gigantes de hombres, mujeres y niños, espectadores que rodean la frase “Galpón de Catalinas Sur”. La escena que se reproduce en el cartel le recuerda a Sol la sala que está en el interior del teatro: las butacas dispuestas en forma circular, acomodadas en varias filas como escalinatas y el escenario en el centro. Sol suelta la mano de su mamá, corre hacia la esquina y sus ojos se dirigen hacia arriba. Ha visto un globo aerostático cuyos pasajeros parecen aterrizar en el techo del Catalinas. Abajo está el mural del puerto, con los trabajadores que llevan sobre sus hombros los cargamentos que traen los barcos. A la vuelta, descubre que sobre las paredes se han pintado casas - que simulan ser de chapa - junto con otros personajes que le dan vida: son los pintorescos habitantes de los históricos conventillos de La Boca. Sol los mira a los ojos, interesada en saber cuál de todas esas casas es la de su amiga Morena. Busca al gato tanguero que ha visto en la obra, pero tampoco lo encuentra. Entonces vuelve con su mamá, que la espera en la entrada.
La nena se acerca y empieza a inspeccionar las figuras de la fachada. “Este es el señor que hace los muñequitos.”, le informa a su mamá. Pasa a ver la segunda imagen, pero no sabe quién es el señor pelado con un pincel en la mano. Cristina le explica que ese es Quinquela Martín, “Un señor que vivía por acá y pintaba cuadros de barcos.” Ahora Sol se para frente a un señor vestido con traje negro, sombrero de copa y bigotes: nuevamente mira a su mamá con un brillo especial en los ojos, mezcla de sorpresa e incertidumbre. Ella le dice que puede ser Charles Chaplín, “Un señor que trabaja como actor de películas, cuando eran mudas y en blanco y negro.” La nena sigue recorriendo el lugar, atrapada por la variedad de colores que inunda el edificio y salpica sus ropas. “Me gusta el amarillo y el rojo. El rojo me justa mucho, mi vestido tiene mucho rojo.”, repite alegremente.
Los rayos de la tarde se asoman por la esquina. Sol está un poco triste porque no pudo encontrar al gato tanguero y no se lo va a poder llevar a su casa. Cristina trata de animarla con una propuesta que su hija no duda en aceptar: ir a jugar a la plaza. Cruzan la calle y lentamente se van alejando del Galpón.

Una plaza, muchas personas, una historia en común

El nacimiento del grupo Catalinas Sur también tuvo lugar en una plaza, veinticuatro años atrás. En ese entonces, principios de los ochenta, la Argentina se encontraba bajo un régimen de gobierno de facto. La dictadura militar no sólo había propiciado el endeudamiento externo y la desindustrialización, la pérdida de los derechos laborales y sindicales, de la salud, de la educación pública y de la libertad de expresión, sino que también se habían incrementado las desigualdades sociales y los quiebres culturales. Los habitantes de Catalinas Sur, un complejo habitacional de monoblocks, no eran ajenos a la situación, ya que se vieron afectados cuando la cooperadora de la escuela dejó de funcionar dentro del establecimiento por orden del entonces intendente Cacciatorce.
La cooperadora se había transformado en una mutual dentro de la cual se realizaban la mayoría de las actividades culturales y había logrado bastante autonomía respecto de la dirección escolar. Cuando quedó excluida del ámbito de la escuela, la mutual continuó funcionando fuera de ella, y los vecinos que participaban empezaron a hacerse cargo de la organización y producción de actividades con la finalidad de producir cosas para la comunidad y desde la comunidad.
“Yo era chiquito, recuerdo de la mutual en adelante. [...] Se empezó a conocer tanto que se quisieron unir los demás actores sociales del barrio. Muchas cosas comenzaron a juntar a la gente. Cuestiones como el campeonato en la canchita, el día de la primavera. ¡De lo que estoy hablando! ¡De lo más importante en realidad! ¡De lo popular!”, recuerda Pedro Palacios, el director del la parte del circo del Grupo Catalinas. De ese modo, surgió la convocatoria para la realización de talleres de teatro, cuya consigna era no perder la oportunidad de comunicar y al mismo tiempo reforzar la participación y manifestación de la identidad del barrio. “En ese momento llegó Adhemar [Bianchi]. Algunos vecinos lo conocían por sus referencias y le dijeron si no quería dar clases de teatro. Entonces Bianchi dijo: ‘¡No! Clases de teatro, no. Vamos a hacer un grupo de teatro.’”
Al igual que Pedro, Adhemar Bianchi es un inmigrante uruguayo. Este se inició en su país como actor y luego se interesó por la dirección, involucrándose en el Teatro Circular de Montevideo. En 1973, se produjo su exilio a la Argentina, forzado por los avatares políticos de su país. Antes de llegar a la dirección teatral del Grupo Catalinas, pasó por varios trabajos alternativos como vendedor editorial y dueño de una librería en la calle Corrientes.
Cuando finalmente se estableció en La Boca, en los años ochenta, se propuso encarar el proyecto de este teatro comunitario rescatando esos elementos que estaban presentes en la cultura del barrio, poniéndolos en escena en los espectáculos. Durante varios años la plaza se convirtió en el espacio donde el grupo combinaba el teatro con la murga, el candombe y los títeres: las diversas artes que desde hacía tiempo confluían en la comunidad, traídas desde distintos puntos del viejo continente por los primeros pobladores del barrio.
La primera aparición oficial se realizó para animar una fiesta del barrio. Luego vinieron las obras. La idea era que los vecinos utilizaran su veta artística como un camino para encontrarse a sí mismos y transmitir al conjunto quiénes eran, cuáles eran sus historias, qué les hacía reír y qué llorar. Según Pedro, un ingrediente esencial son “las anécdotas que saben los vecinos. A partir de eso se junta luego un grupo de dramaturgos que le dan forma de libreto teatral. El director lo dirige como cualquier otra obra, pero la creación colectiva depende de eso, de cosas que traen los mismos integrantes de la historia del lugar.” Se trataba de inducir al público a reflexionar sobre sus propias raíces y no a que meramente consumiera un producto.
Este ejercicio de la memoria pasó del espacio al aire libre a la “plaza techada” en 1997, cuando la construcción de la autopista produjo una contaminación sonora importante y dificultó la presentación de los espectáculos. Así se produjo la mudanza hacia el Galpón de la calle Benito Perez Galdós, donde el grupo permanece hasta el día de la fecha.

El día a día en el Galpón

Los lunes y los viernes por la tarde son los días en los que se reúnen los integrantes del circo de Catalinas Sur. En un comienzo estaba formado por los habitantes de La Boca y de barrios aledaños, pero hoy en día, dada la difusión que ha tenido el grupo, llegan personas desde diversos puntos de Buenos Aires con la intención de participar de los talleres y de las puestas en escena. Pedro instruye sobre las actividades del circo, pero no es el único que da instrucciones, y asegura que no tiene alumnos preferidos, ni destinados a los papeles protagónicos. Uno al otro se ayudan para mejorar en los malabares, dominar el diábolo o realizar las acrobacias.
Pedro comenta que a lo largo de su trayectoria dentro del grupo se ha encontrado con una diversidad de historias y situaciones a medida que se fue incorporando más gente. “Yo trabajo mucho con chicos de la calle. Entonces el tema es puntual: la sociedad no les enseña que ellos pueden lograr algo. El circo sí. Eso mismo se traslada un poco a la vida. El circo social es una rama del circo que plantea el arte como transformación social.”
Facundo tiene 21 años y desde hace dos años está en los talleres del Catalinas. La actividad de Facundo no se limita aquí sino que además realiza otra actividad dentro del marco de la comunidad. “Yo participo de Payasos Voluntarios. Somos chicos de acá que hacemos el taller de circo y de clown y vamos a hacer funciones a pibes de La Boca que no tienen la posibilidad de contratar a alguien.”
Pedro destaca que lo ocurrido con el Catalinas dejó un antecedente en lo que respecta al teatro comunitario en el resto del país: “El teatro comunitario le ha dado vida a pueblos lejanos. Su vida activa habla de su pasado y al convocarlos a contar su historia los moviliza a algo interno que todos conocen y que tienen nostálgicamente guardado.”

Otras comunidades, otros ciclos

En la actualidad, el Grupo Catalinas Sur no es el único teatro comunitario de la Argentina. El fenómeno se extendió a diversos puntos y el Grupo Catalinas mantiene contacto con varios de ellos.
El Circuito Cultural Barracas es uno de sus grupos hermanos, el cual surgió de un grupo de teatro callejero, Los Calandras. Estos comenzaron a interactuar con la comunidad incorporándolos en sus actividades, bajo la consigna de que el arte es una herramienta que recrea y transforma los núcleos sociales de quienes los integren. Para los vecinos de Barracas, el circuito cultural significó un cambio conceptual en su forma de concebir al teatro. Este pasó de ser un mero entretenimiento para los momentos de ocio a una instancia imprescindible para la vida de la comunidad: es allí donde las historias de sus habitantes cobran vida y afloran las potencialidades creativas. El director del Circuito Cultural Barracas, Ricardo Talento participa en la co-dirección de El fulgor argentino junto a Adhemar Bianchi.
Otro de los grupos de teatro que exploran esta misma vía es el de Patricios Unido de Pie, de la localidad de Patricios. Este pueblo del partido de 9 de Julio parecía estar condenado a la desaparición puesto que el ferrocarril - único medio de transporte que lo conectaba con el resto de la provincia - le había sido arrancado de su seno. Adultos y ancianos veían como sus hijos partían hacia pueblos vecinos, la Capital Federal e incluso otras provincias, sin esperanzas de poder continuar su vida en Patricios. Pero la doctora Mabel Hayes y la actual directora Alejandra Arosteguy llevaron la propuesta de armar Patricios Unido de Pie. La idea fue acogida con gusto entre los pobladores: en ella encontraron una manera de resistencia frente a la impotencia de la pérdida y el dolor de la resignación. El panorama cambió y el nuevo grupo no sólo le devolvió la actividad cultural al lugar sino que le permitió renovar la vida como unidad familiar y vecinal. Hoy en día el grupo de teatro lleva sus obras a distintas puntos de Buenos Aires.
En Villa Urquiza lo que impulsó la formación de un teatro comunitario fue el quiebre de diciembre de 2001. La historia de Los Villurqueros tiene su origen entre los cacelorazos organizados por los vecinos, como una forma de hacerse presentes y sumarse al reclamo popular ante la crisis política e institucional que atravesaba el país. La directora del grupo, Liliana Azulay, comenta que el teatro continuó funcionando dentro de la comunidad porque había muchas otras denuncias que hacer, historias sobre la injusticia que nadie se atrevía a contar. Las obras de este grupo abordan temáticas que apuntan a una reparación simbólica, así como también ponen el acento en la búsqueda de nuevas formas de hablar sobre el presente y proyectar hacia el futuro.
El teatro comunitario comunica, transforma y pone a disposición de las comunidades otra herramienta para intervenir en la compleja red de entramados sociales, culturales y políticos que les toca vivir. El acento está puesto en el espacio común que sirve para compartir experiencias, sensaciones e historias.

1 comentario:

Anónimo dijo...

hola:
No te conosco pero mi hermana no me dejo leer tu trabajo bueno suerte ....:(